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Brasil y los años de Lula

No hace falta salir de Lucena, una pequeña ciudad de 10 mil habitantes ubicada en el remoto estado de Paraíba, al nordeste de Brasil, para percibir los indicios de una región que ha comenzado a transformarse. Al borde de ese gran río que separa la ciudad de cualquier evidencia civilizatoria –con el perdón de los antropólogos–, ya puede verse la actividad de enormes grúas abriendo un zanjo para albergar un pequeño puerto de apoyo. Allí llegarán los buques que no puedan entrar al puerto de Recife, a unos doscientos kilómetros de distancia y que, según previsiones, no se dará abasto en los próximos años cuando culmine la construcción de un conjunto de refinerías. Pero este es un simple ejemplo. En cualquier ciudad del nordeste es posible encontrarse hoy con alguna obra, pública o privada, de mayor o menor importancia. La región crece como ninguna otra en el país.

No era así años atrás. Este extenso territorio de 1.5 millones de kilómetros cuadrados, habitado por 50 millones de brasileños, era el más rezagado de todos. Por décadas, una buena porción de los nacidos en sus tierras no albergaron otra alternativa de vida que migrar hacia las ciudades más desarrolladas del sur y del sudeste. Así ocurrió hace más de medio siglo con el propio Lula, su madre y sus seis hermanos, cuando abandonaron el pueblo de Caetés, en el interior de Pernambuco, para probar suerte en Sao Paulo. Así aconteció con una gran cantidad de pequeños agricultores nacidos en el semiárido, un ecosistema que abarca casi dos terceras partes de todo el nordeste, y donde las sequías recurrentes y el otrora abandono estatal han sido causa de miseria, hambre y desnutrición.

Pero la fisonomía de esta región ha comenzado a cambiar como ninguna otra durante la era Lula. El nordeste, que durante los años noventa creció por debajo de la media nacional, hoy lo hace por encima de ésta. En algunos estados, el desempeño es incluso tres o cuatro veces superior al de todo Brasil. El mismo estado que un siglo atrás expulsó a Lula es hoy uno de los que más crecen en el país. No es poca cosa que el empleo formal haya aumentado en la región un 6% entre 2006 y 2009, casi un punto más que en el sudeste, la más rica de todas las regiones.

Los grandes programas nacionales han tenido efectos profundos aquí. El Programa de Aceleración del Crecimiento, el más ambicioso desde los tiempos del milagro económico brasileño, ha concentrado en el nordeste algunas de sus inversiones más importantes. “Luz para Todos” ha llevado energía eléctrica a más de medio millón de hogares en las regiones más remotas del semiárido. A finales de este año se concluirá el más importante de todos los proyectos para la región –prometido durante años por otros gobiernos–: la transposición del Río San Francisco. Ochocientos kilómetros de concreto permitirán abastecer de agua a 390 ciudades, irrigar las zonas agrícolas de cuatro estados del nordeste y beneficiar en los próximos quince años a 12 millones de habitantes que suelen ser afectados por la sequía.

Pero tal vez lo más interesante es que uno de los principales motores del crecimiento de esta región deriva de una serie de políticas que han permitido elevar el nivel de vida de los  más pobres. Aquí se ha destinado la mitad de todos los recursos del programa Bolsa Familia, el cual a nivel nacional ya beneficia a las 13 millones de familias más pobres del país. El crecimiento del salario mínimo –que en términos reales se ha duplicado en los últimos años–, ha favorecido especialmente a esta región porque en ella se encuentra la mitad de quienes lo reciben a nivel nacional. El crédito rural a los pequeños agricultores (que creció en un 300% durante la era Lula), la creación del seguro agrícola y los programas de compra de alimentos han beneficiado a los productores locales, ofreciéndoles la posibilidad de permanecer en el campo.

El gobierno ha invertido también importantes sumas en educación. La red de universidades federales se ha extendido más allá de las capitales y hoy es posible encontrar centros de investigación en pequeñas ciudades del interior. Entre los jóvenes es común bromear con que Lula ha hecho saltar a su generación a la clase media. Y es que las becas de estudio se han hecho cada vez más comunes.

Un nuevo dinamismo económico comienza a observarse en el nordeste como resultado de todo esto. Por primera vez en la historia, la población de menores ingresos ha alcanzado aquí niveles de consumo ligeramente superiores a los estratos de mayores ingresos que habitan las zonas más ricas del país. Con dinero en sus bolsillos, esa incipiente clase media (la llamada clase “C” que percibe ingresos entre 500 y 2 mil dólares al mes) comienza a atraer inversiones de grandes empresas –desde cadenas de supermercados hasta industrias agroalimentarias–, las cuales tenían antes poco interés en esta región.

Las profundas desigualdades socioeconómicas y regionales de Brasil han comenzado a revertirse lentamente, aunque lo alcanzado es insuficiente. El nordeste aún permanece rezagado, porque a pesar de abrigar al 28% de la población, sólo responde por un 14% de la producción nacional. Porque todavía 17% de sus habitantes viven en la extrema pobreza, cuando esa cifra a nivel nacional es de 7% Aún así, los cambios son innegables. El escenario de aislamiento absoluto, de hambre y miseria que caracterizaba a regiones enteras del semiárido nordestino ya no es el mismo. Esos pueblos por los que nunca circuló mercado alguno, por donde sólo pasaban políticos oportunistas para intercambiar votos por pipas de agua o canastas de alimentos, están hoy más integrados y menos excluidos.

Nada mostrará con mejor claridad lo mucho que ha cambiado esta región –donde Lula alcanza niveles de aceptación del 80 por ciento– que la alta cantidad de votos que Dilma Rousseff, la candidata del pt, recibirá aquí en la elección presidencial este domingo 3 de octubre.

Hernán Gómez Bruera -La Jornada

Archivado en: elecciones Brasil 2010, , , , , , , , , , , , , , , , ,

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